MARKO ZAROR (MANDRILL), EL HOMBRE QUE ESPERÁBAMOS

Más allá de un comentario sobre el filme –inteligente pastiche y un homenaje declarado a la estética de Tarantino y las seriales de los 70-, permítanme una referencia a su protagonista, el incombustible Marko Zaror, que a estas alturas bien puede representar el prototipo de hombre que esperamos: un tipo fuerte y varonil, aunque en su interior siga siendo un niño bien desarrollado que no alcanza a entender que para poder alcanzar la felicidad debe asumir y limpiar ese pasado lleno de dolor y desajustes emocionales que trae consigo en sus personajes para el cine nacional: ‘Kiltro’, ‘Mirageman’ y ahora en ‘Mandrill’, las tres películas perteneciente al director chileno Ernesto Díaz.

De ‘Mandrill’ lo mejor es que asume con toda la dignidad que se merece sus propias limitaciones, tanto en tema como en tratamiento. No pasa gato por liebre, se sabe un producto espurio, un cruce entre Jame Bond a la criolla con un homenaje nada disimulado a las series de TV de los años 70, con unas pinceladas de humor chileno, ése que pone en la banda sonora a Buddy Richards pero ambienta la película en Lima, exportando una idea y de paso, haciendo que luzca la frescura de otra geografía.

Marko Zaror tiene facha, se sabe mino y eso es bueno. Pero tiene ángel y se redime cuando es capaz de ofrecernos un karaoke, con una coreografía digna de vedetto, moviendo su pelvis y haciendo subir un punto a un personaje que sin esos toques de humor sería simplemente una copia o una maqueta. También es creíble cuando declama esos parlamentos de telenovela venezolana sin mover un músculo, creyendo el cuento de la profundidad de sus diálogos pero inundando la sala de cine de su ternura. Porque es un cabro chico en cosas de grande, un niño herido, un héroe que no sólo recibe sus puñetes de vez en cuando, sino que también cae fulminado por la veleidosa belleza morena de la femme fatal que lo acompaña.

Marko Zaror

Así las cosas, Marko Zaror es un James Bond chileno, rico y bien pintoso, como antes fue ese delirante Kiltro o el inefable súper héroe de Patronato. Nuestro querido protagonista a estas alturas, un icono, un producto de exportación y un actor en ciernes que merece que alguien le enseñe a actuar para que se complete su ciclo. Porque eso de las elongaciones, las patadas y lucir su torso lo hace bien y nos deja atónitos.

Porque tiene un protagonista que no posee las herramientas emocionales para entender que –muy a su pesar- es un James Bond ingenuo, inmaduro, tan hábil en sus movimientos como torpe en sus decisiones. Dios salve a ‘Mandrill’.


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